sábado, septiembre 29, 2007

Ciudades y Literatura: Manhattan, 1948




“Cuando se encontraba en alguna pequeña y aburrida ciudad del sur o en algún rancho desolado, sentía la dolorosa ausencia de Ellenora, pero no de Ellenora en sí, ni mucho menos, sino de Ellenora con todo su séquito: el Blue Angel, el Eddie Condon, El Morocco, Chinatown, los cócteles en una fiesta en Park Avenue, un paseo en coche de caballos por el parque, una charla en el palco de un teatro en el entreacto, una cubitera con champán en hielo junto a la mesa, quédese con el cambio, personajes de taxi, y ja, ja, ja, y ji, ji, ji, besos, besos, pum, pum, mañana en el mismo sitio. Eso simbolizaba Ellenora, quien de hecho, y para ser precisos, no estaba ligada a ninguno de estos recuerdos. Ni siquiera había bailado con Ellenora, y si hubiera ido a algún club nocturno con ella hubiera sido lo bastante cortés como para no abandonar a solas su copa en una mesa mientras deslizaba a Ellenora sobre la pista. Era evidente que la razón por la que ella representaba para él ese Manhattan de ficción y legendario era que habían pasado demasiadas horas en un mismo lugar posponiendo el momento de ir a otro sitio, hasta que aquello que no habían visto juntos se volvió más real que lo que conocían”

Dawn Powell, "The Wicked Pavillion"

miércoles, septiembre 05, 2007

Burdeos, 2007/01/11

“Francia es París; el resto no es más que campiña” es una afirmación jactanciosa y prepotente que puede ser desmentida con una visita breve, poco más de una noche, a Burdeos. Hay vida más allá de las orillas del Sena, y hasta casi podría decirse que, si la vida urbana tiene algún futuro, es mucho más probable en ciudades amables como Salamanca o Edimburgo que en megalópolis como Londres o Madrid.

Al aterrizar en Burdeos se tiene la sensación de haber viajado, no de haber sido transportado como un bulto o una oveja. Los asientos son amplios, el cava está frío, la toallita perfumada caliente; el zumo de tomate admite hielo, sal, pimienta e incluso una rodajita de limón, a las ocho de la tarde está disponible aún la prensa de la mañana. Uno podría pasar del avión al taxi y de ahí al hotel con la misma naturalidad con que se levanta del sofá, se sirve un vaso de leche y se acuesta en su cama.


Un jueves cualquiera de enero, las diez de la noche, las calles del centro histórico, en su punto justo de decadencia y abandono, presentan una animación más que aceptable. Tras una cena ligera, probamos suerte en varios bares, hasta encontrarnos en una esquina frente a una antigua brasserie con los ventanales empapelados en colores vivos y un único acceso, un pasillo breve forrado de terciopelo rosa, con un rótulo bien grande en el que puede leerse: FERMEZ LA PORTE, S.V.P. Amplia concurrencia, pero sólo unas pocas chicas sentadas a las mesas dispuestas alrededor del local. Detrás de la barra, los camareros despachan las bebidas eficientes, en sus camisetas de tirantes muy ajustadas, sus cuellos adornados con pajaritas blancas.


Enseguida caímos en la cuenta de que todos los clientes, con independencia de su sexo, lucen distraídamente en el pecho una pegatina blanca con un número escrito a bolígrafo, mientras conversan con tranquilidad o se entregan al juego de miradas, pero sin demasiado convencimiento. Aunque en el bar se respira un ambiente de camaradería cordial, como extraños que somos intentamos pasar desapercibidos, hasta que recibimos nosotros también el misterioso número. Al poco una chica rubia se acerca y me entrega un papel blanco doblado por la mitad, en el que puede leerse, escrito a mano y en letra redondilla:


Au 63
J’aime les cravates,
c’est sexy!!
Humm!